Cuando salgo de la casa, empiezo a contar los pasos hasta la iglesia de la plaza, el camino parece alargarse y esa odiosa sensación de sentir cuerpos que flotan siguiendo mi sombra, es desesperante. Llego a la iglesia, ahí la gente emocionada canta hasta que sale el sacerdote y empieza la misa. Me persigno y le ruego a Dios que me proteja de todos los males y del demonio; después me dedico a observar a las mujeres, las imagino desnudas, haciendo lo que mi tía hace cuando me baña o me voy a dormir.
Al término de la misa corro hasta la casa, al llegar me escondo atrás del tambo que está junto a la ventana, desde ahí puedo ver a mi tía cuando retira su ropa y se introduce el mango de una cuchara de madera entre las piernas, me da mucha risa, pero prefiero que sea la cuchara y no mi mano; recuerdo que cuando tenía siete años, mi tía María me obligaba a meterle la mano; por eso me da risa que ahora sea la cuchara.
Cuando más jadea, respira profundo y mira el reloj; sabe que pronto regresaré; se viste y sirve la cena. Espero un poco y después entro; mientras comemos empieza a contarme historias de sobre brujas y apariciones de Satanás en su pueblo, porque sabe que me da mucho miedo; después en la noche, antes de ir a su cuarto pasa al mío a preguntarme si estoy bien y se acuesta conmigo; me abraza, me dice que no tenga miedo, quiere que la acaricie, pone su pecho en mi rostro, toma mis manos y las pasa por sus caderas, me pongo nerviosa y empiezo a sudar demasiado, a mi tía María le gusta, me besa y se mueve como un gusano. Así es por las noches.
Los últimos días me he sentido mal; tengo mareos, mucho asco y el vientre me duele; mi tía dice que pronto seré mujer, y me cuenta que ella sentía los mismo cuando tenía catorce años, yo tengo trece y no quiero ser mujer, quiero ser hombre para no tener miedo en las noches y poder pegarle a mi tía.
La gente dice que estamos locas; nadie nos habla y no hay con quien jugar; a mi nadie me quiere, mi tía me habla pero siempre me regaña, dice que soy mala, sólo en las noches es buena, pero no me importa, yo no la quiero.
Esta noche es especial, mi tía María cumple años; como siempre, mata una gallina, la despluma y luego la guisa en mole, yo la observo, como si fuese un ritual el darle muerte a esa gallina. Antes de la cena escondí la cuerda y el cuchillo que utilizó mi tía, los dejé debajo de mi cama. Ahora ya sirvió la cena y quiere que le demos gracias a Dios por haberla dejado vivir cuarenta y ocho años.
Al terminar, mi tía María se ve desesperada y luego me apresura para irme a acostar, me dice que después me alcanza. Mientras, yo escondo la cuerda debajo de mi almohada, cuando entra, rápidamente me quita la ropa, después la suya, me acuesta y empieza a besarme desesperadamente; yo finjo disfrutar, la acaricio y la beso hasta que queda dormida; después amarro su cuello con la cuerda, me subo al buró y la paso por una de las vigas del techo, jalo muy fuerte, mi tía María intenta gritar pero no puede, jalo más duro hasta que ya no toque el suelo, y amarro la cuerda a la ventana; saco el cuchillo y de una tajada le abro el estomago, veo sus tripas como las de la gallina, lo único que se distingue en un fuerte olor a mierda. Le corto las manos para que ya nunca me acaricie y su lengua para que ya no me regañe; ahora mi tía María si me parece hermosa.
Andrés Moreno.
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